Nunca había estado en Manhattan.
Unos días antes de irme citaba a Lorca casi como una anécdota;
no conocía las galerías del Rockefeller Center, la textura de la fachada del Chrysler, la sistemacidad fordiana del Empire State; en fin, el latón anodizado desparramado por las magníficas secciones de tantos edificios (preciosa la escala en el hall del Astoria). Era aquella época en que se limpiaban zapatos en los lavabos de caballeros, unas bancadas de mármol verde en los sótanos del hotel Pennsylvania. Volvíamos al hotel cantando New York, New York.
Muy cerca, unos pasos y unos años más adelante, el Seagram sacralizando el detalle y la proporción.
Y pese a todo, todavía años más tarde, entre la cota +5 y la -5 de calle, una vitalidad exuberante, brutalmente heterogénea, nos sentábamos en Union Square en septiembre a sonreir, casi como un ritual.
Y bien, todo clásicos, todo tópicos sin disimulos. Navajazos de vértigo al cielo.
Lástima de la 42, ahí si que creo que llegamos tarde.
Unos días antes de irme citaba a Lorca casi como una anécdota;
no conocía las galerías del Rockefeller Center, la textura de la fachada del Chrysler, la sistemacidad fordiana del Empire State; en fin, el latón anodizado desparramado por las magníficas secciones de tantos edificios (preciosa la escala en el hall del Astoria). Era aquella época en que se limpiaban zapatos en los lavabos de caballeros, unas bancadas de mármol verde en los sótanos del hotel Pennsylvania. Volvíamos al hotel cantando New York, New York.
Muy cerca, unos pasos y unos años más adelante, el Seagram sacralizando el detalle y la proporción.
Y pese a todo, todavía años más tarde, entre la cota +5 y la -5 de calle, una vitalidad exuberante, brutalmente heterogénea, nos sentábamos en Union Square en septiembre a sonreir, casi como un ritual.
Y bien, todo clásicos, todo tópicos sin disimulos. Navajazos de vértigo al cielo.
Lástima de la 42, ahí si que creo que llegamos tarde.
